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Baldomero Lillo, Manuel Rojas, Oscar Castro, Skarmeta, Parra, Cuentos chilenos

por cuentoschilenos @ 2008-03-16 - 20:59:33

Cañuela y Petaca
Baldomero Lillo

Mientras Petaca atisba desde la puerta, Cañuela, encaramado sobre la mesa, descuelga del muro el pesado y mohoso fusil.
Los alegres rayos del sol filtrándose por las mil rendijas del rancho esparcen en el interior de la vivienda una claridad deslumbradora.
Ambos chicos están solos esa mañana. El viejo Pedro y su mujer, la anciana Rosalía, abuelos de Cañuela, salieron muy temprano en dirección al pueblo, después de recomendar a su nieto la mayor circunspección durante su ausencia.
Cañuela, a pesar de sus débiles fuerzas -tiene nueve años, y su cuerpo es espigado y delgaducho- ha terminado felizmente la empresa de apoderarse del arma, y sentado en el borde del lecho, con el cañón entre las piernas, teniendo apoyada la culata en el suelo, examina el terrible instrumento con grave atención y prolijidad. Sus cabellos rubios, desteñidos, y sus ojos claros de mirar impávido y cándido contrastan notablemente con la cabellera renegrida e hirsuta y los ojillos oscuros y vivaces de Petaca, que dos años mayor que su primo, de cuerpo bajo y rechoncho es la antítesis de Cañuela a quien maneja y gobierna con despótica autoridad.
Aquel proyecto de cacería era entre ellos, desde tiempo atrás, el objeto de citas y conciliábulos misteriosos; pero, siempre habían encontrado para llevarlo a cabo dificultades e inconvenientes insuperables. ¿Cómo proporcionarse pólvora, perdigones y fulminantes?
Por fin, una tarde, mientras Cañuela vigilaba sobre las brasas del hogar la olla de la merienda, vio de improviso aparecer en el hueco de la puerta la furtiva y silenciosa figura de Petaca, quien, al enterarse de que los viejos no regresaban aún del pueblo, puso delante de los ojos asombrados de Cañuela un grueso saquete de pólvora para minas, que tenía oculto debajo de la ropa. La adquisición del explosivo era toda una historia que el héroe de ella no se cuidó de relatar, embobado en la contemplación de aquella sustancia reluciente semejante a azabache pulimentado.
A una legua escasa del rancho había una cantera que surtía de materiales de construcción a los pueblos vecinos. El padre de Petaca era el capataz de aquellas obras. Todas las mañanas extraía del depósito excavado en la peña viva la provisión de pólvora para el día. En balde el chico había puesto en juego la travesura y sutileza de su ingenio para apoderarse de uno de aquellos saquetes que, el viejo, tenía junto a sí en la pequeña carpa, desde la cual dirigía los trabajos. Todas sus astucias y estratagemas habían fracasado lamentablemente ante los vigilantes ojos que observaban sus movimientos. Desesperado de conseguir su objeto, tentó, por fin, un medio heroico. Había observado que cuando un tiro estaba listo, dada la señal de peligro, los trabajadores, incluso el capataz, iban a guarecerse en un buceo abierto con ese propósito en el flanco de la montaña y no salían de allí sino cuando se había producido la explosión. Una mañana, arrastrándose como una culebra, fue a ponerse en acecho cerca de la carpa. Muy pronto, tres golpes dados con un martillo en una barrena de acero, anunciaron que la mecha de un tiro acababa de ser encendida, y vio cómo su padre y los canteros corrían a ocultarse en la excavación. Aquel era el momento propicio, y abalanzándose sobre los saquetes de pólvora se apoderó de uno, emprendiendo enseguida una veloz carrera, saltando como una cabra por encima de los montones de piedra que, en una gran extensión, cubrían el declive de la montaña. Al producirse el estallido que hizo temblar el suelo bajo sus pies, enormes proyectiles le zumbaron en los oídos, rebotando a su derredor una furiosa granizada de pedriscos. Mas, ninguno le tocó, y cuando los canteros abandonaron su escondite, él estaba ya lejos oprimiendo contra el jadeante pecho su gloriosa conquista, henchida el alma de júbilo.
Esa tarde, que era un jueves, quedó acordado que la cacería fuese el domingo siguiente, día de que podían disponer a su antojo; pues, los abuelos, se ausentarían como de costumbre para llevar sus aves y hortalizas al mercado. Entretanto, había que ocultar la pólvora. Muchos escondites fueron propuestos, y desechados. Ninguno les parecía suficientemente seguro para tal tesoro. Cañuela propuso que se abriese un hoyo en un rincón del huerto y se la ocultase ahí, pero, su primo, lo disuadió contándole que un muchacho, vecino suyo, había hecho lo mismo con un saquete de aquellos, hallando días después sólo la envoltura de papel. Todo el contenido se había desecho con la humedad. Por consiguiente, había que buscar un sitio bien seco. Y, mientras trataban inútilmente de resolver aquel problema, el ganso de Cañuela, a quien, según su primo, nunca se le ocurría nada de provecho, dijo, de pronto, señalando el fuego que ardía en mitad de la habitación:
-¡Enterrémosla en la ceniza!
Petaca lo contempló admirado, y por una rara excepción; pues lo que proponía el rubillo le parecía siempre detestable, iba a aceptar aquella vez cuando a la vista del fuego lo detuvo: ¿y si se prende? -pensó. De repente brincó de júbilo. Había encontrado la solución buscada. En un instante ambos chicos apartaron las brasas y cenizas del hogar y cavaron en medio del fogón un agujero de cuarenta centímetros de profundidad, dentro del cual, envuelto en un pañuelo de hierbas, colocaron el saquete de pólvora cubriéndole con la tierra extraída y volviendo a su sitio el fuego encima del que se puso nuevamente la desportillada cazuela de barro.
En media hora escasa todo quedó lindamente terminado, y Petaca se retiró prometiendo a su primo que los perdigones y los fulminantes estarían antes del domingo en su poder.
Durante los días que precedieron al señalado, Cañuela no cesó de pensar en la posibilidad de un estallido que, volcando la olla de la merienda, única consecuencia grave que se le ocurría, dejase a él y a sus abuelos sin cenar. Y este siniestro pensamiento cobraba más fuerza al ver a su abuela Rosalía inflar los carrillos y soplar con brío atizando el fuego bien ajena, por cierto, de que todo un Vesubio estaba ahí delante de sus narices, listo para hacer su inesperada y fulminante aparición. Cuando esto sucedía, Cañuela se levantaba en puntillas y se deslizaba hacia la puerta mirando hacia atrás de reojo y mascullando con aire inquieto:
-¡Ahora sí que revienta, caramba!
Pero no reventaba, y el chico fue tranquilizándose hasta desechar todo temor.
Y cuando llegó el domingo y los viejos con su carga a cuesta hubieron desaparecido a lo lejos en el sendero de la montaña, los rapaces radiantes de júbilo empezaron los preparativos para la expedición. Petaca había cumplido su palabra escamoteando a su padre una caja de fulminantes, y, en cuanto a los perdigones, se les había sustituido con gran ventaja y economía por pequeños guijarros recogidos en el lecho del arroyo.
Desenterrada la pólvora que ambos encontraron, después de palparla, perfectamente seca y calientita, y examinado prolijamente el fusil del abuelo, tan venerable y vetusto como su dueño, no restaba más que emprender la marcha hacia las lomas y los rastrojos, lo que efectuaron después de asegurar convenientemente la puerta del rancho. Adelante, con el fusil al hombro, iba Petaca, seguido de cerca por Cañuela, que llevaba en los amplios bolsillos de sus calzones las municiones de guerra. Durante un momento disputaron acerca del camino que debían seguir. Cañuela era de opinión de descender a la quebrada y seguir hasta el valle, donde encontrarían bandadas de tencas y de zorzales; pero, su testarudo primo deseaba ir más bien a través de los rastrojos, donde abundaban las loicas y las perdices, caza según él muy superior a la otra y, como de costumbre, su decisión fue la que prevaleció.
Petaca vestía una chaqueta, desecho de su padre, a la cual se le había recortado las mangas y el contorno inferior a la altura de los bolsillos, los cuales quedaron, con este arreglo, eliminados. Cañuela no tenía chaqueta y cubríase el busto con una camisa; pero, en cambio, llevaba enfundadas las piernas en unos gruesos pantalones de daño, con enormes bolsillos que eran su orgullo y le servían, a la vez, de arca, de arsenal y de despensa.
Petaca, con el fusil al hombro, sudaba y bufaba bajo el peso del descomunal armatoste. Irguiendo su pequeña talla esforzábase por mantener un continente digno de un cazador, resistiendo con obstinación las súplicas de su primo, que le rogaba le permitiese llevar, siquiera por un ratito, el precioso instrumento.
Durante la primera etapa, Cañuela, lleno de ardor cinegético, quería se hiciese fuego sobre todo bicho viviente, no perdonando ni a los enjambres de mosquitos que zumbaban en el aire. A cada instante sonaba su discreto: ¡Psh, psh! llamando la atención de su compañero y, cuando éste se detenía interrogándole con sus chispeantes ojos, le señalaba, apuntando con la diestra, un mísero chincol que daba saltitos entre la yerba. Ante aquella caza ruin encogíase desdeñosamente de hombros el moreno Nemrod y proseguía su marcha triunfal a través de las lomas, encorvado bajo el fusil cuyo enmohecido cañón sobresalía, al apoyar la culata en el suelo, una cuarta por encima de su cabeza.
Por fin, el descontentadizo cazador vio delante de sí una pieza digna de los honores de un tiro. Una loica macho, cuya roja pechuga parecía una herida recién abierta, lanzaba su alegre canto sobre una cerca de ramas. Los chicos se echaron a tierra y empezaron a arrastrarse como reptiles por la maleza. El ave observaba sus movimientos con tranquilidad y no dio señales de inquietud sino cuando estaban a cuatro pasos de distancia. Abrió, entonces, las alas y fue a posarse sobre la yerba a cincuenta metros de aquel sitio. Desde ese momento, empezó una cacería loca a través de los rastrojos. Cuando después de grandes rodeos y de infinitas precauciones Petaca lograba aproximarse lo bastante y empezaba a enfilar el arma, el pájaro volaba e iba a lanzar su grito, que parecía de burla y desafío, un centenar de pasos más allá. Como si se propusiese poner a prueba la constancia de sus enemigos, ora salvaba un matorral o una barranca de difícil acceso, pero siempre a la vista de sus infatigables perseguidores, quienes, después de algunas horas de este gimnástico ejercicio, estaban bañados en sudor, llenos de arañazos y con las ropas hecho una criba; mas no se desanimaban y proseguían la caza con salvaje ardor. Por último, el ave, cansada de tan insistente persecución, se elevó en los aires y, salvando una profunda quebrada, desapareció en el boscaje de la vertiente opuesta.
Cañuela y Petaca que con las greñas sobre los ojos, caminaban a gatas a lo largo de un surco, se enderezaron consultándose con la mirada, y luego, sin cambiar una sola palabra, siguieron adelante resueltos a morir de cansancio antes que renunciar a una pieza tan magnífica. Cuando, después de atravesar la quebrada, rendidos de fatiga, se encontraron otra vez en las lomas, lo primero que divisaron fue la fugitiva, que posada en un pequeño arbusto, estaba destrozando con su recio pico los tallos tiernos de la planta. Verla y caer ambos de bruces sobre la yerba fue todo uno, Petaca, con los ojos encandilados, fijos en el ave, empezó a arrastrarse con el vientre en el suelo remolcando con la diestra penosamente el fusil. Apenas respiraba, poniendo toda su alma en aquel silencioso deslizamiento. A cuatro metros del árbol se detuvo y reuniendo todas sus exhaustas fuerzas, se echó la escopeta a la cara. Pero, en el instante en que se aprestaba a tirar del gatillo Cañuela, que lo había seguido sin que él se apercibiera, le gritó de improviso con su vocecilla de clarín, aguda y penetrante:
-¡Espera, que no está cargada, hombre!
La loica agitó las alas y se perdió como una flecha en el horizonte.
Petaca se alzó de un brinco, y precipitándose sobre el rubillo lo molió a golpes y mojicones. ¡Qué bestia y qué bruto era! Ir a espantar la caza en el preciso instante en que iba a caer infaliblemente muerta. ¡Tan bien había hecho la puntería!
Y cuando Cañuela entre sollozos balbuceó:
-¡Porque te dije que no estaba cargada...!
A lo cual el morenillo contestó iracundo, con los brazos en jarras, clavando en su primo los ojos llameantes de cólera:
-¿Por qué no esperaste que saliese el tiro?
Cañuela cesó de sollozar, súbitamente, y enjugándose los ojos con el revés de la mano, miró a Petaca, embobado, con la boca abierta. ¡Cuán merecidos eran los mojicones! ¿Cómo no se le ocurrió cosa tan sencilla? No, había que rendirse a la evidencia. Era un ganso, nada más que un ganso.
La armonía entre los chicos se restableció bien pronto. Tendidos a la sombra de un árbol descansaron un rato para reponerse de la fatiga que los abrumaba. Petaca, pasado ya el acceso de furor, reflexionaba y casi se arrepentía de su dureza porque, a la verdad, matar un pájaro con una escopeta descargada no le parecía ya tan claro y evidente, por muy bien que se hiciese la puntería. Pero, como confesar su torpeza habría sido dar la razón al idiota del primillo, se guardó calladamente sus reflexiones para sí. Hubiera dado con gusto el cartucho de dinamita que tenía allá en el rancho, oculto debajo de la cama por haber matado la maldita loica que tanto los había hecho padecer. ¡Si al salir hubiesen cargado el arma! Pero aún era tiempo de reparar omisión tan capital, y, poniéndose en pie, llamó a Cañuela para que le ayudase en la grave y delicada operación, de la cual ambos tenían sólo nociones vagas y confusas, pues no habían tenido aún oportunidad de ver cómo se cargaba una escopeta.
Y, mientras Cañuela, encaramado en un tronco para dominar la extremidad del fusil que su primo mantiene en posición vertical, espera órdenes baqueta en mano, surgió la primera dificultad. ¿Qué se echaba primero? ¿La pólvora o los guijarros?
Petaca, aunque bastante perplejo, se inclinaba a creer que la pólvora, e iba a resolver la cuestión en este sentido, cuando Cañuela, saliendo de su mutismo, expresó tímidamente la misma idea.
El espíritu de intransigente contradicción de Petaca contra todo lo que provenía de su primo, se reveló esta vez como siempre. Bastaba que el rubillo propusiese algo para que él hiciese inmediatamente lo contrario. ¡Y con qué despreciativo énfasis se burló de la ocurrencia! Se necesitaba ser más borrico que un buey para pensar tal despropósito. Si la pólvora iba primero había forzosamente que echar encima los guijarros. ¿Y por dónde salía entonces el tiro? Nada, al revés había que proceder. Cañuela, que no resollaba, temeroso que una respuesta suya acarrease sobre sus costillas razones más contundentes, vació en el cañón del arma una respetable cantidad de piedrecillas sobre las cuales echó, enseguida, dos gruesos puñados de pólvora. Un manojo de pasto seco sirvió de taco y con la colocación del fulminante, que Petaca efectuó sin dificultad, quedó el fusil listo para lanzar su mortífera descarga. Púsoselo al hombro el intrépido morenillo y echó a andar seguido de su camarada, escudriñando ávidamente el horizonte en busca de una víctima. Los pájaros abundaban, pero emprendían el vuelo apenas la extremidad del fusil amenazaba derribarles de su pedestal en el ramaje. Ninguno tenía la cortesía de permanecer quietecito mientras el cazador hacía y rectificaba una y mil veces la puntería. Por último, un impertérrito chincol tuvo la complacencia, en tanto se alisaba las plumas sobre una rama, de esperar el fin de tan extrañas y complicadas manipulaciones. Mientras Petaca, que había apoyado el fusil en un tronco, apuntaba arrodillado en la yerba, Cañuela, prudentemente colocado a su espalda, esperaba, con las manos en los oídos, el ruido del disparo que se le antojaba formidable, idea que asaltó también al cazador recordando los tiros que oyera explotar en la cantera y, por un momento, vaciló sin resolverse a tirar del gatillo; pero, el pensamiento de que su primo podía burlarse de su cobardía, lo hizo volver la cabeza, cerrar los ojos y oprimir el disparador. Grande fue su sorpresa al oír en vez del estruendo que esperaba, un chasquido agudo y seco, pero que nada tenía de emocionante. Parece mentira, pensó, que un escopetazo suene tan poco. Y su primera mirada fue para el ave, y no viéndola en la rama, lanzó un grito de júbilo y se precipitó adelante seguro de encontrarla en el suelo, patas arriba.
Cañuela, que viera al chincol alejarse tranquilamente, no se atrevió a desengañarle; y fue tal el calor con que su primo le ponderó la precisión del disparo, de cómo vio volar las plumas por el aire y caer de las ramas el pájaro despachurrado que, olvidándose de lo que había visto, concluyó, también, por creer a pie juntillas en la muerte del ave, buscándola ambos con ahínco entre la maleza hasta que, cansados de la inutilidad de la pesquisa, la abandonaron, desalentados. Pero, ambos habían olido la pólvora y su belicoso entusiasmo aumentó considerablemente, convirtiéndose en una sed de exterminio y destrucción que nada podía calmar. Cargaron rápidamente el fusil y, perdido el miedo al arma, se entregaron con ardor a aquella imaginaria matanza. El débil estallido del fulminante mantenía aquella ilusión, y aunque ambos notaran al principio con extrañeza el poquísimo humo que echaba aquella pólvora, terminaron por no acordarse de aquel insignificante detalle.
Sólo una contrariedad anublaba su alegría. No podían cobrar una sola pieza a pesar de que Petaca juraba y perjuraba haberla visto caer requete muerta y desplumada, casi, por la metralla de los guijarros. Mas, en su interior, empezaba a creer seriamente, recordando cómo las flechas torcidas describen una curva y se desvían del blanco, de que la dichosa pólvora estuviera chueca. Prometiose, entonces, no cerrar los ojos ni volver la cabeza al tiempo de disparar para ver de qué parte se ladeaba el tiro; mas, un contratiempo inesperado le privó de hacer esta experiencia. Cañuela, que acababa de meter un grueso puñado de guijarros en el cañón, exclamó de repente desde el tronco en que estaba encaramado, con tono de alarma:
-¡Se acabó la escopeta!
Petaca miró el fusil que tenía entre las manos y luego a su primo, lleno de sorpresa, sin comprender lo que aquellas palabras significaban. El rubillo le señaló entonces la boca del cañón, por la que asomaba parte del último taco. Inclinó el arma para palpar la abertura con los dedos y se convenció de que no había medio de meter ahí un grano más de pólvora o de lo que fuese. Su entrecejo se frunció. Empezaba a adivinar por qué el armatoste había aumentado tan notablemente de peso. Se volvió hacia el rancho, al que se habían ido acercando a medida que avanzaba la tarde, y reflexionó acerca de las probables consecuencias de aquel suceso, decidiendo, después de un rato, emprender la retirada y dejar a Cañuela la gloria de salir a su sabor del atolladero. Demasiado conocía el genio del abuelo para ponerse a su alcance. Pero su fecunda imaginación ideó otro plan que le pareció tan magnífico que, desechando la huida proyectada, se plantó delante de su primo, el cual, muy inquieto, le había observado hasta ahí sin atreverse a abrir la boca, y le habló con animación de algo que debía ser muy insólito, porque Cañuela, con lágrimas en los ojos, se resistía a secundarle. Pero, como siempre, concluyó por someterse y ambos se pusieron afanosamente a reunir hojas y ramas secas, amontonándolas en el suelo. Cuando creyeron había bastante, Cañuela sacó de sus insondables bolsillos una caja de fósforos e incendió la pira. Apenas las llamas se elevaron un poco, Petaca cogió el fusil y lo acostó sobre la hoguera, retirándose, enseguida, los dos, para contemplar a la distancia los progresos del fuego. Trascurrieron algunos minutos y ya Petaca iba a acercarse nuevamente, para añadir más combustible, cuando un estampido formidable los ensordeció. La hoguera fue dispersada a los cuatro vientos, y siniestros silbidos surcaron el aire. Cuando pasada la impresión del tremendo susto ambos se miraron, Petaca estaba tan pálido como su primo, pero su naturaleza enérgica hizo que se recobrase bien pronto, encaminándose al sitio de la explosión, el cual estaba tan limpio como si le hubiesen rastrillado. Por más que miró no encontró vestigios del fusil. Cañuela, que lo había seguido llorando a lágrima viva, se detuvo de pronto petrificado por el terror. En lo alto de la loma, a treinta pasos de distancia, se destacaba la alta silueta del abuelo avanzando a grandes zancadas. Parecía poseído de una terrible cólera. Gesticulaba a grandes voces, con la diestra en alto, blandiendo un tizón humeante que tenía una semejanza extraordinaria con una caja de escopeta. Petaca, que había visto, al mismo tiempo que su primo, la aparición, echó a correr por el declive de la loma, golpeándose los muslos con las palmas de las manos, y silbando al mismo tiempo su aire favorito. Mientras corría, examinaba el terreno, pensando que así como el abuelo había encontrado la caja del arma, él podía muy bien hallar, a su vez, el cañón o un pedacito siquiera con el cual se fabricaría un trabuco para hacer salvas y matar pidenes en la laguna.

EL PERRO DEL REGIMIENTO
Daniel Riquelme

Entre tos actores de la batalla de Tacna y las victimas lloradas de la de Chorrillos, debe contarse, en justicia, al perro del Coquimbo, perro abandonado y callejero, recogido un día a lo largo de una marcha por el piadoso embeleco de un soldado, en recuerdo, tai vez, de algún otro que dejó en su hogar al partir a la guerra, que en cada rancho hay un perro y cada roto cría al suyo entre sus hijos
Imagen viva de tantos ausentes, muy pronto el aparecido se atrajo el cariño de los soldados, y éstos, dándole el propio nombre de su regimiento, lo llamaron Coquimbo para que de este modo fuera algo de todos y de cada uno.
Sin embargo, no pocas protestas levantaba al principio su presencia en el cuartel; causa era de grandes alborotos y por ellos tratóse en una ocasión de lincharlo, después de juzgado y sentenciado en consejo general de ofendidos, pero Coquimbo no apareció. Se había hecho humo como en todos los casos en que presentía tormentas sobre su lomo. Porque siempre encontraba en los soldados el seguro amparo que el nieto busca entre las faldas de su abuela, y sólo reaparecía, humilde y corrido, cuando todo el peligro había pasado.
Se cuenta que Coquimbo tocó personalmente parte de la gloria que en el día memorable del Alto de la Alianza, conquisto su regimiento a las órdenes del Comandante Pinto Agüero, a quién pasó el mando, bajo las balas, en reemplazo de Gorostiaga. Y se cuenta también que de ese modo, en un mismo día y jornada, el jefe casual del Coquimbo y el último ser que respiraba en sus filas, justificaron heroicamente el puesto que cada uno, en su esfera, había alcanzado en ellas...
Pero mejor será referir el cuento tal como pasó, a fin de que nadie quede con la comezón de esos puntos y medias palabras, mayormente desde que nada hay que esconder.
Al entrar en batalla, la madrugada del 26 de mayo de 1880, el Regimiento Coquimbo, no sabía a que atenerse respecto de su segundo jefe, el comandante Pinto, quien, días antes solamente de la marcha sobre Tacna, había recibido un ascenso de mayor y su nombramiento de segundo comandante. Por noble compañerismo deseaban todos lo oficiales del cuerpo que semejante honor recayera en algún capitán de la propia casa, y con tales deseos esperaban, francamente, a otro. Pero el ministro de la guerra en campaña a la sazón don Rafael Sotomayor, lo habla dispuesto así.
Por tales razones, que a nadie ofendían, el comandante Pinto Agüero fue, pues, recibido con reserva y frialdad en el regimiento. Sencillamente, era un desconocido para todos ellos; acaso sería también un cobarde. ¿Quién sabía lo contrario? ¿Donde se había probado?
Así las cosas y los ánimos, despuntó con el sol la hora de la batalla que iba a trocar bien luego, no solo la ojeriza de los hombres, sino la suerte de tres naciones. Rotos los fuegos, a los diez minutos quedaba fuera de combate, glorioso y mortalmente herido a la cabeza de su tropa, el que más tarde debía ser el héroe feliz de Huamachuco, don Alejandro Gorostiaga.
En consecuencia, el mando correspondía-¡travesuras del destino!-al segundo jefe; por lo que el regimiento se preguntaba con verdadera ansiedad qué haría Pinto Agüero como primer jefe.
Pero la expectación, por fortuna, duró bien poco.
Luego se vio al joven comandante salir al galope de su caballo de las filas postreras, pasar por el flanco de las unidades que lo miraban ávidamente; llegar al sitio que le señalaba su puesto, la cabeza de regimiento, y seguir más adelante todavía. Todos se miraron entonces, ¿a dónde iba a parar?
Veinte pasos a vanguardia revolvió su corcel y desde tal punto, guante que arrojaba a la desconfianza y al valor de los suyos, ordenó el avance del regimiento, sereno como en una parada de gala, únicamente altivo y dichoso por la honra de comandar a tantos bravos.
La tropa, aliviada de enorme peso, y porque la audacia es aliento y contagio, lanzóse impávida detrás de su jefe; pero en el fragor de la lucha, fue inútil todo empeño de llegar a su lado.
El capitán desconocido de la víspera, el cobarde tal vez, no se dejó alcanzar por ninguno, aunque dos veces desmontando, y concluida la batalla, oficiales y subalternos, rodeando su caballo herido, lo aclamaron en un grito de admiración.
Coquimbo, por su parte, que en la vida suelen tocarse los extremos, había atrapado del ancho mameluco de bayeta, y así lo retuvo hasta que llegaron los nuestros, a uno de los enemigos que huía al reflejo de las bayonetas chilenas, caladas al toque pavoroso de degüello.
Y esta hazaña qué Coquimbo realizó de su cuenta y riesgo, concluyó de confirmarlo el niño mimado del regimiento.
Su humilde personalidad vino a ser, en cierto modo, el símbolo vivo y querido de la personalidad de todos; de algo material del regimiento, así como la bandera lo es de ese ideal de honor y de deber, que los soldados encarnan en sus frágiles pliegues.
El, por su lado, pagaba a cada uno su deuda de gratitud, con un amor sin preferencia, eternamente alegre y sumiso como cariño de perro.
Comía en todos los platos; diferenciaba el uniforme; según los rotos, hasta sabía distinguir los grados, y por un instinto de egoísmo digno de los humanos no toleraba dentro del cuartel la presencia de ningún otro perro que pudiera, con el tiempo, arrebatarle el aprecio que acaso él mismo calificaba de distinguida.
Llegó, por fin, el día de la marcha sobre las trincheras que defendían a Lima. Coquimbo, naturalmente, era de la gran partida. Los soldados, muy de mañana, le hicieron su tocado de batalla.
Pero el perro, cosa extraña para todos, no dio al ver los aprestos que tanto conocía, las muestras de contento que manifestaba cada vez que el regimiento salía a campaña.
No ladró ni empleó el día en sus afanosos trajines de la mayoría de las cuadras; de éstas a la cocina y de ahí a husmear el aspecto de la calle, bullicioso y feliz, como un tambor de la banda.
Antes, por el contrario, triste y casi gruñón, se echó desde temprano a orillas del camino, frente a la puerta del canal en que se levantaban las rucas del regimiento, como para demostrar que no se quedarla atrás y asegurarse de que tampoco sería olvidado.
¡Pobre Coquimbo!
¡Quien puede decir si no olía en el aire la sangre de sus amigos, que en el curso de breves horas iba a correr a torrentes, prescindiendo del propio y cerrado fin que a él le aguardaba!
La noche cerró sobre Lurin, rellena de una niebla que daba al cielo y a la tierra el tinte lívido de una alborada de invierno. Casi confundido con la franja argentada de espuma que formaban las olas fosforescentes al romperse sobre la playa, marchaba el Coquimbo cual una sierpe de metálicas escamas.
El eco de las aguas apagaba los rumores de esa marcha de gato que avanza sobre su presa.
Todos sabían que del silencio dependía el éxito afortunado del asalto que llevaban a las trincheras enemigas.
Y nadie hablaba y los soldados se huían para evitar el choque de las armas. Y ni una luz, n¡ un reflejo de luz.
A doscientos pasos no se había visto esa sombra, que llevando en su seno todos los huracanes de la batalla, volaba, sin embargo, siniestra y callada como la misma muerte.
En tales condiciones, cada paso adelante era un tanto más en la cuenta de las probabilidades favorables.
Y así habían caminado ya unas cuantas horas.
Las esperanzas crecían en proporción; pero de pronto, inesperadamente, resonó-en la vasta llanura el ladrido de un perro, nota agudísima que, a semejanza de la voz del clarín, puede, en el silencio de la noche, oírse a grandes distancias, sobre todo en las alturas.
-¡Coquimbo!- exclamaron los soldados. Y suspiraron como sí un hermano de armas hubiera incurrido en pena de la vida.
De allí a poco, se destacó al frente de la columna la silueta de un jinete que llegaba a media rienda.
Reconocido con las precauciones de ordenanza, pasó a hablar con el comandante Soto, el bravo José María Segundo Soto, y tras de lacónica plática, partió con igual prisa, borrándose en la niebla, a corta distancia.
Era el jinete un ayudante de campo del jefe de la Primera División, coronel Lynch, el cual ordenaba redoblar "silencio y cuidado" por haberse descubierto avanzadas peruanas en la dirección que llevaba el Coquimbo.
A manera de palabra mágica, la nueva consigna corrió de boca en oreja desde la cabeza hasta la última fila, y se continuó la marcha; pero esta vez parecía que los soldados se tragaban el aliento.
Una cuncuna no habría hecho más ruido al deslizarse sobre el tronco de árbol. Sólo se oía el ir y venir de las olas del mar, aquí suave y manso, como haciéndose cómplice del golpe; allá violento y sonoro, donde las rocas lo dejaban sin playa. Entre tanto, comenzaba a divisarse en el horizonte de vanguardia una mancha renegrida y profunda, que hubiese hecho creer en la boca de una cueva inmensa cavada en el cielo.
Eran el Morro y el Salto del Fraile, lejanos todavía; pero ya visibles.
Hasta ahí la fortuna estaba por los nuestros; nada había que lamentar. El plan de ataque se cumplía al pie de la letra. Los soldados se estrechaban las manos en silencio, saboreando el triunfo; mas el destino había escrito en la portada de las grandes victorias que les tenía deparadas, el nombre de una víctima, cuya sangre, obscura y sin deudos, pero muy amada, debía correr la primera sobre aquel campo, como ofrenda a los números adversos.
Coquimbo ladró de nuevo, con furia y seguidamente, en ademán de lanzarse hacia las sombras.
En vano los soldados trataban de aquietarlo por todos los medios que les sugería su cariñosa angustia.
¡Todo inútil!
Coquimbo, con su finísimo oído, sentía el paso o veía en las tinieblas a las avanzadas que había denunciado el coronel Lynch, y seguía ladrando, pero lo hizo allí por última vez para amigos y contrarios. Un oficial se destacó del grupo que rodeaba al comandante Soto, separó dos soldados y entre los tres, a tientas, volviendo la cara, ejecutaron a Coquimbo bajo las aguas que cubrieron su agonía.
En las filas se oyó algo como uno de esos extraños sollozos que el viento arranca a las arboladuras de los bosques... y siguieron andando con una prisa rabiosa que parecía buscar el desahogo de una venganza implacable.
Y quien haya criado un perro y hecho de él un compañero y un amigo comprenderá, sin duda, la lágrima que esta sencilla escena que yo cuento como puedo, arrancó a los bravos del Coquimbo, a esos rotos de corazón tan ancho y duro como la mole de piedra y bronce que iban a asaltar; pero en cuyo fondo brilla con la luz de las más dulces ternuras mujeriles de este rasgo característico:
Su piadoso amor a los animales.

CANDELILLA
Federico Gana.

Un mediodía de primavera, mi padre, que se paseaba, como era su costumbre, por el corredor interior de las casas del fundo, me dijo:
-Tienes que ir luego a los potreros de abajo, a los Montes, porque don Calixto me ha mandado decir que mi medianía estaba mala y se le pasaban mis animales. Anda con el Candelilla, para que te señale bien.
Llameen voz alta y tendí mis miradas por el largo corredor, en cuyo extremo se agrupaban los peones que esperaban el pago, y no vi entre ellos el llamado Candelilla. Allí estaban, afirmados en los pilares o paseándose y mirando cavilosos el suelo, algunos trabajadores que conocía desde la niñez.
El viejo Bartolo; el hercúleo Juan Sierra; el Chercán, vejete pequeñito, apergaminado, vestido de andrajos; el borracho y fiel regador del potrero de Santa Teresa, don Sosa; Núñez, el bodeguero; estos eran, puede decirse, los criollos, los aborígenes del fundo; pero Candelilla no estaba.
El apodado Candelilla, a causa talvez de sus ojos claros y rubios cabellos, era una especie de vagabundo, casi siempre invisible para mí, y muy popular en esos contornos. Sabía yo, vagamente, que era algo así como un ayudante intermitente del cuidador de animales, sin sueldo, y con ración solamente cuando trabajaba, que muchas noches llegaba a la cocina de las casas a comer cualquier cosa de los restos; que en los veranos, cuando llegaba la época de los cortes y cosechas de trigo, emigraba al sur, a Traiguén, Victoria, la Frontera, en busca de trabajo, llegando, después, en invierno y entrada de primavera, a refugiarse al calor del fogón hospitalario de las cocinas, como tantos otros.
De pronto, del grupo de peones, una voz ronca, alegre, burlona, de acento despreciativo, dijo:
-Patrón, allá viene el Candelilla... Se escucharon risas contenidas...
Dirigí la vista por todo el amplio patio plantado de enormes eucaliptus y pequeños durazneros florecidos, tapizado de yerba, sobre la que corrían y picoteaban las gallinas, encuadrado por diversas construcciones muy bajas: cocheras, mediaguas para las caballerizas y las carretas, graneros, la gran bodega del fundo con su único portón, y allá, al fin del patio, vi a Candelilla, que salía de la cocina y avanzaba hacia el corredor con la cabeza descubierta
Se detuvo frente a mí con un afectado ademán de respetuosa obediencia. Yo examinaba ahora con interés el aspecto de ese hombre que -antes había mirado con indiferencia. Era un individuo de regular estatura y anchas espaldas, delgado, recio. Vestía una ropa a la que el largo uso había dado un color indefinible; sus pies estaban calzados con ojotas. Y a pesar de la tibieza del día, cubríale el torso una gruesa manta de invierno, rota y deshilachada. Se inclinaba humilde ante mí, pero sus redondos ojos verdes, muy claros, fijábamos con risueña expresión interrogativa en mi semblante. Imposible habría sido definir la edad de aquel sujeto; pues los ásperos y lucientes cabellos, el grueso mostacho, las espesas cejas de un rubio claro, denunciaban la juventud, al par que las ondas mejillas fatigadas, sueltas, picadas de viruelas; la estrecha frente, en que las marcadas arrugas parecían cicatrices, hablaban de largos años de trabajos y padecimientos. Y ahora, su gruesa boca fruncíase en una sonrisa, como la de un niño que acabase de cometer una falta de la que pidiera perdón.
Le expliqué, rápidamente, lo que teníamos que hacer, y mientras me ponía las espuelas le pregunté:
-¿Hay mucho barro todavía, allá abajo?
-Algo queda, señor, porque el invierno ha sido malo.
Subimos a caballo y al montar Candelilla la flojísima yegua, casi inválida, que cabalgaba, del grupo de peones alguien le dijo con voz fuerte:
-¡No se te valla a cargar la bestia!
Candelilla sonrió vagamente a la broma, mostrando su gruesa dentadura amarillenta.
Marchábamos lentamente, aspirando con delicia el puro aire campesino. Mi vista se extendía por el vasto potrero de las casas, donde pacía el temeraje; a lo lejos, al sur, divisaba el caserío del pueblo que se proyectaba, amontonándose a los pies de los enormes murallones de cal y ladrillo de la iglesia inconclusa aún; en el confín de la costa, sucedíanse los cercados de perales floridos de blanco, de sauces cubiertos de hojitas nuevas, los grandes álamos, las tupidas zarzamoras. Aquí y allá, los pequeños ranchos de paja de los inquilinos, destacaban con profunda claridad, sus manchas sombrías sobre el cielo pálido y tranquilo. En lo alto, una red finísima de nubes cubría el azul; el aire era tibio y suave. Los temeros separados de sus madres, jugaban no lejos de mi sobre el césped brillante y manchaban el paisaje de colores vivos; bandadas de jilgueros, de diucas, de loicas, de tordos, gozaban de la tibieza de la yerba, de la tierra y de la luz y se alzaban a cada instante ante mis pasos. Por todas partes los grandes charcos de las lluvias recientes del invierno, brillaban inmóviles como espejos resplandecientes. Y yo sentía que una dulce embriaguez se apoderaba de mí, gozando de ese hermoso día; recordaba cosas lejanas de la niñez.
Y seguimos atravesando potreros y potreros, unos destinados a la engorda, cubiertos de espeso trébol y báltica; otros, recién arados, que esperaban la próxima siembra de chacras. Al fin llegamos a nuestro destino, el potrero de Los Montes o La Crianza, como indistintamente se le denominaba. Y vi a Candelilla esforzándose en vano por bajar las gruesas varas de un tranquero. Me desmonté de mi caballo y entre los dos corrimos, con dificultad, los pesados largueros.
Le dije sonriendo:
-¡Estás muy falso, hombre!
-Es que este brazo lo tengo malo- me contestó, indicándome con su izquierda, la mano derecha, en la que observé, inmediatamente, una grande y profunda cicatriz en la muñeca y algunos dedos encogidos y engarrotados.
-¿Y de que te vino eso?
-Fue de un balazo que me pegaron hace años. Aquí en el hombro tengo otro- continuó-; y por eso no tengo fuerzas.
-¿Dónde te pegaron esos balazos?
Su alegre rostro se iluminó con una sonrisa tímida; su gruesa nariz aguileña, más encendida y avinada que de costumbre con el reciente esfuerzo, parecía alumbrarle la cara.
Contestó entre dientes:
-Ahí le contaré eso más tarde...
Y yo, atravesando el hondo y sombrío estero cubierto de espeso bosque que aún nos separaba de Los Montes, pensaba en que tales desperfectos debían haber sido causados por una riña precedida de una colosal borrachera, como acostumbraba mi acompañante.
El potrero a que entrábamos formaba extraño contraste con los que acabábamos de atravesar. La espesura era allí inculta, selvática, virgen; las pataguas, los arrayanes el maqui, el canelo y el litre crecían silvestres, libres y opulentos en las hondonadas pantanosas; las tórtolas y las torcazas, que aún no emigraban a la montaña, volaban lentamente, descuidadas, de árbol en árbol, sobre nuestras cabezas; de cuando en cuando oíase a la distancia el golpe seco y duro de los picos carpinteros, que labraban sus nidos en las altas y secas ramas de los árboles muertos.
Al desembocar en los claros, veíamos uno o varios terneras de la crianza, que pacían tranquilamente en las altas yerbas y nos miraban inmóviles, confiados, con sus grandes y negros ojos purísimos. Todo era allí sombra, frialdad, silencio interrumpido por un movimiento leve, por el grito o el arrullo de una ave, el rumor de una rama agitada por un animal, y después era más profunda la tranquilidad misteriosa de esa pequeña selva.
Atravesando por estrechos senderos, baches y ciénagas, inclinándonos sobre nuestras monturas para deslizamos a través de la espesa maraña del bosque, llegamos por fin a las medianías.
Candelilla me mostró, cuidadosamente, los deslindes del vecino y los de mi padre, y llegué con mi ocular inspección al convencimiento de que la medianía en mal estado era la del mañoso don Calixto.
Fatigados de marchar por atajos, pantanos y boscosos vericuetos, llegamos por fin, a un pequeño alto donde crecían algunos maitenes jóvenes, cubiertos de espesos quintrales. Alrededor de las rojas flores, color de sangre fresca, de los hermosos parásitos, zumbaban bandadas de picaflores, que volaban siempre inquietos yendo rápidamente de un árbol a otro, lanzando estridentes gritos de alegría, de íntima embriaguez. A los pies de los hermosos árboles silvestres, veíase la tierra suelta, pisoteada y revuelta por los animales que venían a revolcarse bajo sus frescas sombras.
El sol, muy bajo ya sobre las montañas de la costa, lanzaba sus últimos rayos; el cielo, despejado de nubes, era un azul profundo, purísimo; una helada brisa venía del bosque cercano.
Candelilla se acercó a mí; permanecimos silenciosos a la sombra de los árboles. Le dije:
-Cuéntame, al fin, cómo te, pegaron esos balazos.
Su rostro animado, alegre, enigmático; sus ojos ingenuos, casi infantiles, se ensombrecieron; parecía haber envejecido de súbito; se sacó el viejísimo sombrero, rascóse fuertemente la cabeza, suspiró, e inclinando el rostro, exclamó, como hablándose a si mismo:
-¡Yo he sido muy padecido, patrón! Si le contara...
Yo escuchaba atento..
Alzó la cabezas, miró vagamente a su alrededor, y continuó:
-Yo nací aquí, en este fundo. De aquí son mis padres; mi familia vivía en esta tierra cuando el dueño del fundo era el finado don Antonio Pando.
A la muerte de don Antonio, los hijos y las hijas se empobrecieron, según habla la gente, porque había poco trabajo entonces, apenas para poder comer un pan. Yo estaba aquí cuando llegó el patrón de hoy, que les compró a todos los Pando...Yo era joven, como el patrón, como su padre; era el quesero en este fundo-continuo, alzando orgullosamente la voz al recuerdo de aquellos felices tiempos de juventud, de abundancia-.Me ocupaban en todo; ¡que Camilo, aquí; que Camilo, acá! ¡Con que gusto trabajaba!
Meditó un instante y en seguida continuó con una voz misteriosa, con los ojos brillantes, encendidos, tal vez al recuerdo de una felicidad lejana, perdida para siempre:
-Ud. no debe acordarse de todo esto, porque era muy mediano, apenas se levantaba del suelo. Un día llega la señora de Santiago. ¡Que bulla en la casa con los arreglos, qué trajines! Traía una chiquilla, la Tránsito, muy joven y nada mal parecida. Nos veíamos a cada instante...Pasó el verano, y cuando la señora se volvió para Santiago, Aquí me quedé yo con la Tránsito. Me Casé con ella pues señor. En esto viene la guerra del Perú y principian a enganchar gente en el pueblo. Entonces no entraba nadie a la fuerza. ¡Cómo se llenaba el cuartel! Hacía dos meses no mas que me había casado, cuando un sábado que, le confesaré, andaba con mi copa desde temprano, ¿no me da por ir a meterme a la estación? Pues allí habla una bolina de gente y músicas, porque pasaba un batallón de los que toan a pelear al norte. Los enganchadores muy amables, y copa y copa con todo el mundo. Sale un futre y se monta a un carro y dice que la patria la tienen traicionada, que la van a cautivar, que todos tenemos que correr a defenderla porque somos sus hijos, que nuestra sangre es poca para daría, y aquí me tiene Ud. perdido y embarcado para la guerra por las palabras de ese futre. Mi mujer, a la que noticiaron que me iba, alcanzó a llegar cuando el tren ya estaba andando Y así la vi, señor, por última vez llorando sin consuelo y levantando los brazos como si quisiera sujetarme Vino la noche en el camino; ¡ya no habla remedio! ¡Qué sacaba con arrepentirme! Cuando llegue al norte, me destinaron al 2º de línea y en él hice la campaña con mi finado comandante Ramírez guardó silencio un instante, profundamente absorto en sus recuerdos v en seguida continuó con grave acento
Allá fuimos mandados a pelear en esa traición de Tarapacá. Los que sabían dijeron que. después de San Francisco, a los cholos los íbamos a agarrar como gallinas, que iban de derrota Y vamos marchando, niños, muy con lentos por aquellos desiertos que parecían brasas encendidas; brasas, patrón en la cabeza, en las espaldas y en la boca, reseca como yesca ¡Hubiera visto, señor algunos compañeros que quedaban rezagados buceando el agua en la arena, con las dos manos, como locos!
Cuando tuvimos al enemigo al frente, ya no nos quedaba agua en tas caramayolas; el sol siempre en la cabezas y la boca amarga como hiel y bala y bala. De repente mandan bajar una quebrada; ahí está el agua, decían; los compañeros corren sin obedecer orden ninguna y se ponen de boca a beber hasta empaparse, cuando a los dos lados de la barranca aparecen los cholos como moscas, que nos estaban cateando ¡Hubiera visto patrón! Todos los sedientos quedaron ahí muertos como patos en bandada. Yo, con mi teniente Arrieta y un subteniente Valenzuela, logramos guarecernos de las balas que caían como granizo, en una casita de tejas que habla arriba. Allí había muchos de los traicionados. Los cholos los teníamos siempre tan cerca que les vetamos las caras y les escuchábamos las voces. Nos tenían rodeados; las balas atravesaban las murallas de adobe y el que se asomaba a la puerta era hombre muerto. Mi capitán Necochea estaba allí herido de muchos tiros y pedía a gritos agua y que lo mataran y nosotros sin poder darte nada saltábamos por encima de él v disparábamos defendiendo la vida amas v mejor De repente por una ventana veo patrón como en una estampa que mi estandarte, el estandarte del 2º, se lo están peleando la guardia del regimiento con una niebla de cholos, no a tiros, sino a culatazos, guantadas y tirones, pedacito a pedacito. ¡Qué le diré patrón! Al ver esto, sentí yo lo mismo que el día que me enganche allá en el pueblo y habló el futre de la estación, y casi sin saber cómo, corrí solo hacia mi estandarte, como si me hubiese vuelto loco. Iba corriendo con el fusil bien apretado cuando escucho una descarga cerrada y siento aquí, en el pecho, como si me hubiesen dado un trancazo tan fuerte que me hizo dar mil vueltas y perder los sentidos. Cuando volví en mi y levanté la cabeza, ya no estaban los que peleaban y del estandarte no había ni señas. Ahí cerca no vi sino un numero de muertos hechos pedazos y chorreando sangre. Con la descarga me hicieron las dos heridas en la muñeca y en el hombro. ¡Así fue como me pegaron estos balazos, patrón!
Después, en la campaña, me vino esa fiebre de tiritones que todavía me da, y me mandaron a Chile.
Cuando llegué aquí me encontré solo, sin casa y sin mujer, porque la pobre Tránsito se había muerto de viruela. Y así estoy solo desde hace más de veinte años, sin nadie en este mundo, viviendo aquí y allá. ¡Qué hacerle! ¡Esa habría sido mi suerte)
-¿Y que sacaste de la guerra?
-Nada más que este brazo malo y las malditas tercianas que no me dejan -contestó sencillamente.
Durante esta relación, el sol se puso; el crepúsculo manchaba ya de sombras el horizonte; las primeras estrellas principiaban a brotar dulcemente en el cielo.
Regresamos en silencio. Y al llegar a las casas le digo:
-Pásame tu mano.
Me la tiende en silencio y yo estrecho con fuerza, en la oscuridad, aquella diestra mutilada de un héroe humilde e ignorado, como tantos otros...

PAULITA
Federico Gana

¿Llueve Paulita? -le pregunto, abriendo los ojos cargados de sueno. -Lloviendo toda ¡a noche sin descansar, señor- me contesta, al mismo tiempo que deposita cuidadosamente sobre el velador una humeante taza de café. En seguida, cruza tos brazos sobre el pecho y se queda inmóvil contemplando fijamente, a través de los vidrios de la ventana, el cielo, de un gris sucio y opaco, cerrado por la lluvia torrencial.
Yo, desde mi lecho, diviso confusamente allá, afuera, las siluetas de los árboles doblados por el fuerte viento del norte; las nubes tenebrosas que vuelan rápidas hacia el sur; los campos, de un verde tierno y brumoso, cubiertos de agua; los animales que vagan aquí y allá en los potreros como entumecidos de frío; las gotas que borbotean sin término en las charcas.
-Con este tiempo tan malo, los animales y los pobres son los que padecen- agrega Paulita, contemplando tristemente, embebida, el paisaje.
Después se vuelve hacia mí y me mira sonriendo, con los ojos brillantes, como invitándome a entablar una de esas charlas matinales a que la tengo acostumbrada, en las que tratamos largamente de toda la crónica doméstica de la casa de campo, de la que ella está muy impuesta como llavera del fundo que es, desde hace largos años.
Es una viejecita de pequeña estatura, encorvada por los años y los achaques, vestida de riguroso luto, y a pesar del frío y la humedad de esa mañana de invierno, no lleva por todo abrigo sino un pequeño pañuelo de lana que apenas le cubre la cabeza y el cuello.
Sus cabellos grises, ásperos y fuertes, su color oscuro y bilioso, su estrecha frente y los pómulos y las mandíbulas muy pronunciados, denuncian a las claras su origen araucano. Sólo los ojos son grandes, negros, rasgados e inteligentes. Por fin le digo
-¿Y ha sabido de José?
Al escuchar estas palabras, un destello indefinible de orgullo, de embriaguez y de esperanza, parece encenderse de súbito en el fondo de sus ojos, que parpadean; se acerca a mi lecho y me contesta rápidamente en voz baja, confidencialmente:
-¡De José, de Josecito, mi hijo! sí señor, i como no había de saber! Está muy en grande por allá, en Antofagasta. Dicen que ya se salió de ese hotel y que ha juntado plata para poner una tienda. Dicen también que anda muy elegante, que parece todo un caballero.
Yo lo decía que Dios había de proteger a mi hijo tan bueno, tan amante, tan sometido y respetuoso con su madre. Cuando lo puse a servir, el primer sueldo me lo trajo hasta el último centavo, y me dijo: "Aquí tiene, madre, para que se compre todas sus faltas" Después, cuando salía a verme, siempre me traía cualquier regalito. Decía también que yo ya no estaba para trabajar, que él me da-. ría para que descansara en mi vejez Ahora, tan arreglado, tan cuidadoso de su persona, tan sin vicios...
Se interrumpe un instante, apoya la barba en su mano enflaquecida, suspira débilmente y, fijando sus ojos dilatados en el suelo, exclama con voz apagada, como hablándose a sí misma:
-Y ahora ¡tan lejos de mí el pobre niño! ¿Quién me lo atenderá por allá?...
-¿Y le ha escrito desde que se fue? ¿Le ha; mandado algún recuerdo?
Al escuchar estas palabras, su rostro moreno y amarillento parece demudarse de súbito, cierra los ojos a medias y contesta con voz estrangulada, sonriendo pálidamente:
-Sí... siempre me escribe... desde que se fue, ahí tengo las cartas... se las traeré para que las vea... Es tan atento... También me ha mandado algunos engañitos... Dice que no se viene, porque no quiere llegar pobre aquí-. Suspira con esfuerzo, fija los ojos turbios e inciertos en la abierta ventana, y continúa:
-Y pensar que va para los tres años que anda por allá. ¡Esto es terrible para una, verse sola en la vejez sin tener a nadie que le cierre los ojos!- Guarda silencio un instante, fijando en mí su mirada triste y abatida y, en seguida, agrega con dolorosa sonrisa:
-¡Ah! señor ¡qué crimen más grande es la pobreza, porque si yo hubiera tenido algo, José no se me habría ido con ese caballero, su pariente, que le vino a formar tan bonitos planes para llevárselo al norte! Y ese hombre tiene la culpa de que yo esté padeciendo ahora-, termina con voz fuerte, vibrante de cólera y desesperación.
Trata de proseguir, pero la voz se le ahoga en la garganta; su boca se contrae convulsivamente; gruesas lágrimas asoman a sus ojos encendidos, y resbalan lentamente por sus mejillas rugosas, y, por fin, murmura con acento entrecortado por los sollozos
-Y él allá., al fin del mundo y yo tendré que morirme aquí como un perro: ¡Porque esto me matará, esto me ha muerto, señor!
Se lleva al pecho las manos como tratando de desembarazarse de algo que la ahogara, se da vuelta y se aleja rápidamente, tambaleándose, con el rostro contraído inclinado hacia la tierra y la trémula cabeza hundida en los hombros
Pocos días después de esta escena, estoy sentado frente a mi escritorio, leyendo tranquilamente los diarios que acaba de traer el correo de la mañana. Por la abierta ventana penetran los rayos del sol de invierno; en el jardín que hay al frente se escucha el lento gotear de los árboles que sacuden el agua de la pasada lluvia, el grito estridente de las golondrinas, el confuso gorjeo de, los pájaros, saludando alegremente al buen tiempo.
Grandes, espesas nubes blancas se divisan allá entre los árboles del camino real, destacándose inmóviles sobre el húmedo azul del cielo, y un hálito poderoso, embriagante de vida, cargado con el acre perfume de las yerbas silvestres y de la tierra mojada, llega hasta lo más hondo de mi pecho.
Todo lo que me rodea parece nuevo, brillante, claro: los campos, las casas, los montes distantes, hasta la blanca torrecilla del Cementerio lugareño que contemplo, en lontananza, a través de los álamos negruzcos. Yo me siento también ágil, ligero y alegre, con el corazón henchido de no sé qué vaga, indefinible esperanza.
De repente siento que la puerta de la habitación se abre suavemente: rápidas pisadas que yo conozco muy bien resuenan tras de mí, sobre la alfombra. Paulita está frente a mi trae debajo del brazo un pequeño envoltorio, sus labios se agitan como si desearan comunicarme luego algo importante.
Con la luz fuerte y clara que penetra por la ventana, su rostro parece demacrado, pálido y enfermizo: sus grandes ojos negros circundados de profundas ojeras violáceas brillan intensamente, con los resplandores de la fiebre; pero su boca sonríe enigmática, maliciosa... Se inclina a mi oído y me dice misteriosamente:
-Hoy me ha llegado carta de él. ¿sabe? Aquí la traigo para que la vea
-¡Ah! José le ha escrito -le digo Me hace un repetido signo de afirmación con la cabeza, al mismo tiempo que busca nerviosamente algo en el pecho. Por fin, saca un pequeño papel todo arrugado y me lo pasa cuidadosamente, diciéndome:
-Léamela, señor, para ver qué es lo que ha puesto ahí!
Es una breve carta que principia con el consabido: "Espero que al recibo de ésta se encuentre gozando de una completa salud, yo quedo aquí, bueno, a sus órdenes. Esta es para decirle que ya muy luego me voy a embarcar. Espero sólo juntar algo para el pasaje porque hay que atravesar el mar.
"También le diré que yo no me puedo hacer por aquí, porque no hay día que no me acuerde de usted y de todos. También quería decirle que el negocio mío es una cantina. Algo se gana, porque es mejor, trabajar, solo que no apatronado. Le mando esas cositas para que se abrigue este invierno y se acuerde de su pobre hijo. -José Morales".
Mientras deletreo pausadamente en voz alta esta epístola, la anciana con la mano en la mejilla, las cejas fruncidas y una suave sonrisa en los labios, parece sumergida en un dulce y embriagador ensueño.
De cuando en cuando, durante la lectura, exhala un suspiro entrecortado.
Al terminar, le devuelvo su tesoro, diciéndole:
-José es un buen muchacho, porque se acuerda de su madre, y no es ingrato.
-Ingrato él -me contesta con una expresión de extravío en la mirada-, ¡cuando es el mejor, el más bueno de todos los hijos! Vea, mire lo que me manda-;y principia a desdoblar precipitadamente el paquete que traía bajo el brazo. Y allí sobre la mesa, veo extenderse un pañuelo de colores chillones, de los de rebozo, y un género" oscuro de lana, todo muy ordinario. Durante esta exhibición, ella me mira a cada instante con el aire inquieto sonriendo orgullosamente, como diciéndome: ¡Qué le parece!
-Muy borato, muy bonito está todo, y la felicito porque, al fin, va a ver a su hijo.
-Sí, ya va a llegar muy pronto -me contesta rápidamente, con los ojos ardientes, llenos de lágrimas.
Por fin, se aleja con su habitual rapidez, haciéndome alegres signos con las manos, agitando triunfalmente, como un trofeo, su paquete.
Dos días después tuve que hacer un viaje a Santiago, donde me llamaban diversos negocios urgentes.
Regresé una tarde, y conversando con el anciano mayordomo Simón sobre las novedades ocurridas en el fundo durante mi ausencia, le pregunté:
-Y ¿qué ha habido de nuevo por acá?
-Lo único que hay de nuevo, señor -me contestó-, es que doña Paulita está en las últimas.

-¡Cómo! -le dije sorprendido- ¿y qué tiene?
-Hacía tiempo que andaba enferma, sin querer decir nada. Usted sabe lo ágil y alentada que era: pues se lo pasaba días enteros sentada en el corredor mirando para el campo, y tan triste, sin hablar cosa.
Ahora, enflaqueciendo de día en día que da una compasión, hasta que se quedó en los huesos. Yo creo también que en mucho entraba la malura de cabeza, porque todo se le volvía hablar de José, que le había escrito, que iba a llegar...Allá, a mi casa, iba siempre a mostrarme las cartas para que se las leyera y entonces sí que se ponía contenta.
Hace como diez días cayó a la cama. Vino a verla el doctor, y dijo que era consunción*, vejez, y que no tenía para qué volver, porque la encontró sin remedio. Ayer traje al señor cura del pueblo para que le pusiese la extremaunción y la confesará. Está muy mala, señor; parece que no pasará de esta noche.
-Vamos a verla -le digo, hondamente conmovido con la noticia.
(*) consunción. Enflaquecimiento excesivo.

Al entrar a la habitación de la anciana, situada en la parte baja del edificio destinada a la servidumbre, vi a un individuo desconocido, de manta, que estaba sentado en el umbral de la puerta, quien, al verme y para dejarme paso, se puso de pie respetuosamente con el sombrero en la mano.
En el interior de la humilde estancia, a pesar de ser de día aún, una vela, colocada frente a las imágenes, difundía su claridad triste y amarillenta; algunas mujeres, sirvientas de la casa, arrodilladas aquí y allá sobre la estera, rezaban en voz sorda y monótona. De cuando en cuando, un hondo suspiro ahogado interrumpía la fúnebre calma que reinaba en la habitación.
Allá, en un rincón sepultado en la sombra, distinguí el lecho donde la anciana yacía. En su rostro terroso, profundamente demacrado, vagaba ya la fría majestad de la muerte. Sus ojos, entreabiertos, como velados por una bruma espesa, se fijaban allá, muy lejos, en lo alto; sus labios, fuertemente plegados, denunciaban el misterioso y terrible trabajo de destrucción que se operaba por instantes en su ser; sus manos delgadas y huesosas vagaban continuamente sobre la colcha, como tratando de coger a puñados algo invisible que por el aire vagara, y que se le escapaba siempre...
-Paulita -le digo en voz baja- ¿me conoce?
Al escuchar estas palabras su cabeza rueda lánguida sobre la almohada, volviendo el rostro hacia mí; sus ojos se agrandan bajo las cejas fruncidas, y sus labios se agitan trabajosamente, pareciendo murmurar algo en secreto.
De pronto, su semblante se anima y dulcifica, un gesto de íntima satisfacción se dibuja en su boca contraída, y no sé qué luz interior parece iluminar su frente inmóvil. Destellos fugitivos y ardientes se reflejan rápidamente en el fondo de las obscuras pupilas, cual los últimos resplandores de una lámpara próxima a extinguirse. Su cuerpo se agita débilmente bajo las ropas, y, por fin, con una voz sorda¿ lejana, vacilante, entrecortada por el estertor de la agonía, murmura pausadamente, como en un sueño: .
-José... Josecito... ¿estás ahí? ¿Has llegado al fin, hijo?... Acércate... pero... ¡Tan flaco, tan distinto! ¿Por qué te pierdes ahora? ¡Abrázame... así... Y tan elegante!... ¡Dios te bendiga!... ¿Pero ya te vas?... ¡No vuelves más!
Después lanzó un grito ronco y profundo; hace una gran aspiración; exhala un leve suspiro, y se queda para siempre con los ojos entreabiertos y sin luz, fijos en el más allá tenebroso...
Al ponerme de pie, veo a mi lado al individuo desconocido que estaba sentado a la puerta, cuando entrara. Es un anciano de cabellos grises, pobremente vestido. Con la cabeza inclinada contempla fijamente a la muerta. Y yo, para disimular mi emoción, murmuro entre dientes:
-Pobre José ¡cuánto va a sentir esta desgracia! ¡Tanto que quería a su madre; tan buen hijo!
El anciano, al escuchar estas palabras, hace un violento gesto de negación con la cabeza, y exclama con voz velada, sonriendo irónicamente:
-José, buen hijo, señor, cuando es él quien tiene la culpa de lo que estamos viendo, de que mi pobre comadre...
-¿Cómo?-le digo, mirándolo sorprendido...
-Sí, señor -agrega-, porque desde que se fue al norte, ya no se acordó más que tenía madre; no le escribió nunca; y como han llegado las noticias de que por allá las está echando de caballero...
-¿Y esas cartas que ella andaba mostrando a todos?
-Se las escribía yo, señor, que soy su compadre; porque la pobre vieja me decía que no quería que nadie supiera nunca que su hijo era un ingrato.
-¿Y los regalos?
-Los compraba ella misma en el pueblo con sus ahorros, para venir a enseñarlos aquí en la casa. Yo creo que ella misma trataba de engañarse al fin, porque no tenía la cabeza buena de tanto sufrir... ¡Pobre doña Paulita, al fin ha dejado de padecer!-. Y al terminar, el anciano va lentamente a sentarse, allá en el umbral de la puerta, donde se queda en silencio, meditando al parecer, con la barba apoyada entre las manos.

EL PERRO DEL REGIMIENTO
Daniel Riquelme
EL CHIFLÓN DEL DIABLO
Baldomero Lillo

En una sala baja y estrecha, el capataz de turno sentado en su mesa de trabajo y teniendo delante de si un gran registro abierto, vigilaba la bajada de los obreros en aquella fría mañana de Invierno. Por el hueco de la puerta se vela el ascensor aguardando su carga humana que, una vez completa, desaparecía con él, callada y rápida, por la húmeda abertura del pique.
Los mineros llegaban en pequeños grupos, y mientras descolgaban de los ganchos
adheridos a las paredes sus lámparas, ya encendidas, el escribiente fijaba en ellos una ojeada penetrante, trazando con el lápiz una corta raya al margen de cada nombre. De pronto, dirigiéndose a dos trabajadores que iban presurosos hacia la puerta de salida los detuvo con un ademán, diciéndoles:
-Quédense ustedes.
Los obreros se volvieron sorprendidos y una vaga inquietud se puntó en sus pálidos rostros. El más joven, muchacho de veinte años escasos, pecoso, con una abundante cabellera rojiza, a la que debía el apodo de Cabeza de Cobre, con que todo el mundo lo designaba, era de baja estatura, fuerte y robusto. El otro más alto, un tanto flaco y huesudo, era ya viejo de aspecto endeble y achacoso.
Ambos con la mano derecha sostenían la lámpara y con la izquierda su manojo de pequeños trozos de cordel en cuyas extremidades habla atados un botón o una cuenta de vidrio de distintas formas y colores; eran los tantos o señales que los barreteros sujetan dentro de las carretillas de carbón para indicar arriba su procedencia.
La campana del reloj colgado en el muro dio pausadamente las seis. De cuando en cuando un minero jadeante se precipitaba por la puerta, descolgaba su lámpara y con la misma prisa abandonaba la habitación, lanzando al pasar junto a la mesa una tímida mirada al capataz, quien, sin despegar los labios, impasible y severo, señalaba con una cruz el nombre del rezagado.
Después de algunos minutos de silenciosa espera, el empleado hizo una seña a los obreros para que se acercasen, y les dijo:
-Son ustedes carreteros de la Alta, ¿no es así?
-Si, señor -respondieron los interpelados.
-Siento decirles que se quedan sin trabajo. Tengo orden de disminuir el personal de esa veta.
Los obreros no contestaron y hubo por un instante un profundo silencio. Por fin el de más edad dijo:
-¿Pero se nos ocupará en otra parte?
El individuo cerró el libro con fuerza y echándose atrás en el asiento con tono serio contestó:
-Lo veo difícil, tenemos gente de sobra en todas las faenas. El obrero insistió:
-Aceptamos el trabajo que se nos dé, seremos torneros, apuntaladores, lo que Ud. quiera.
El capataz movía la cabeza negativamente.
-Ya lo he dicho, hay gente de sobre y si los pedidos de carbón no aumentan, habrá que disminuir también la explotación en algunas otras vetas.
Una amarga e irónica sonrisa contrajo los labios del minero, y exclamó:
-Sea usted franco, don Pedro, y díganos de una vez que quiere obligarnos a que vayamos a trabajar al chiflón del Diablo.
El empleado se irguió en la silla y protestó indignado:
-Aquí no se obliga a nadie. Así como Uds. son libres de rechazar el trabajo que no les agrade, la Compañía, por su parte, está en su derecho para tomar las' medidas


 
 

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